Nací en una tierra caliente, me críe entre limonarias, palmeras y conacastes.
Corría en círculos en mi prisión del confort, alimenté con mi soledad infantil y mis lecturas mi miedo por lo cotidiano, me enamoré de mis amigos imaginarios, guardé infinidad de datos absurdos con los que me asombraba en mi curiosidad. Me alimentaba de notas geográficas sin conocer lo necesario de mi ciudad, era un niño preso en casa.
Entendí que ser diferente a los demás es suficiente para ser exiliado en el más crudo de los ostracismos. Querer ser yo es el pecado capital para un niño que sueña todo el tiempo mientras los demás juegan a socializar.
Crecí aislado, envejecí siendo un niño, nunca fui un niño.
Entendí que soy un monito, un asidero para alguna desequilibrada, entendí que el amor visto desde los ojos rasgados de una dama es muy diferente a lo que consideré amor. Consideré que el más sincero gesto de amor es alejarte de esta piedrita que no sabe rodar acompañada.
No tengo miedo de estar solo, siempre lo he estado, siempre he sido un solitario, siempre he sido íntimo con las creaciones de mi distorsionado cerebro, amiguitos que me acompañaron cuando no era más que una piedrita.
Ahogué el corazón, maté las necesidades de querer ser como los demás, no puedo ser como vos, no quiero ser como vos, no intento ser como vos. Sigo siendo ese niño solitario de piel percudida que habla solo, imagina mil y un escenarios imposibles y que prefiere odiar en silencio que gritando a los cuatro vientos la puerilidad de sus logros.
Pues ahora volteo y me doy cuenta que en un cuarto de siglo no he hecho nada, he desperdiciado una vida siendo un solitario, he disfrutado tirar por la borda mi vida, he aprendido más que nadie estando solo con mis fantasmas, sus consejos no serán los mejores, pero son los míos y lo valoro. Lo único que he hecho por los demás es tolerar, lo cual ya es demasiado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario