lunes, 31 de diciembre de 2012

Idiotas, autofelaciones y putillas coqueras.


Todo empezó el día que dejó de llover, después de infinidad de noches y mañanas lluviosas. Con el sol inclemente y las ventosidad propia del mes, decido ir a drogarme como de costumbre, con la pequeña diferenciación que esta vez fue en un paraje desolado. Sentado junto mi séquito de comemierdas armamos un círculo de comentarios machistas, subidos de tono, misógino y enamoradizos. La charla no daba para más, decido embrutecerme un poco más y leo absurdidad en twitter, no habiendo más cosas divertidas por comentar, alzo la voz y menciono lo que leo: “Uno de cada mil hombres es capaz de autofelarse”.
Terminando la instructiva lectura inicia el infaltable debate, la yuxtaposición de ideas concretas y fundamentadas con comentarios propios de enfermo mental.
Yo me la chuparía felizmente dice el gordo, jodete contesta el jorobado y váyanse a la verga responde el alcohólico.
En mi cabeza retumban sus comentarios mientras trato de descifrarlos y trato de leer entre líneas lo que cada quien expresa como el más vulgar de los limpiabotas de mi ciudad.
Pasan los días y llega la tan ansiada oportunidad de calmar el reloj biológico del desenfreno.
Llega la coca, la mota, el alcohol, las sweet quinceañeritas y por arte magia renacen las parafilia que cualquier abogado de 24 años pudiera tener. Veo mi entorno y me lleno de alegría viendo a mis tres compinches metiéndose coca de las tetas de una desgraciada, mis niños es lo único que les alcanzo a susurrar.
En medio de lo frenético del asunto, de mi desnudez emocional, logro verla a los ojos y ella lo nota perfectamente, concatenación de miradas, seguidilla de comentarios, falsas promesas hacen que brote una pizca de humanidad en mi podrido corazón.
Abandono a los demás desgraciados, los veo de reojo, me froto las manos como asesino de gatitos viendo una nueva camada.
Con la mirada torba y mis manos delicadas que únicamente saben firmar emprendo la tarea de desnudarla del corazón. No entiendo mis razones, pero disfruto mucho más de saborear su ínfima y desgraciada personalidad que de fornicar sus formas hechas para tal motivo.
Pobre desgraciada, es tan afortunada que existan hombres como yo, que prefieren experimentar con lo absurdo. Finalmente asqueado de escuchar tanta imbecilidad, decido dejarla y largarme a mi cuevita para corroborar sino soy uno de esos afortunados que se pueden autofelar o formo parte del montón que no puede realizar tal hazaña.

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