lunes, 31 de diciembre de 2012

Carta para mi primer amor.

Fría luz amarilla.

Oscuridad cortada por tu preciosa luz.

Sabés que te he admirado siempre.

Esa enferma obsesión de tener un hijo poeta hizo que te recitara letras que no comprendí, que te dedicara uno de mis más grandes ridículos y que recuerde por siempre mi diminuta existencia tratando de articular rimas ingeniosas en honor a tu naturaleza cósmica y satelital.

En el final de este calendario gregoriano te veo de frente. 

La carretera es infinita pensando en besos, luz, amor, compañía y fría luminosidad, me encanta verte así sin importar si estás amarilla, azulada o platinada.

Siempre dirigiste mis pasos, mi frenesí, mis errores y mis mejores historias. 

Aquel lejano beso bajo tu luz, ese viejo y enfermo amor con quien compartíamos esa afinidad hacia vos, aquella noche fría frente un lago donde fuiste testigo de mis lágrimas de paz. Sabés que mi naturaleza nocturna dictaminó que siempre estaremos juntos mientras esta piltrafa de vida terrenal no me permita emprender el viaje cósmico a tus frías y grises dunas.

Me marcaste tanto que quiero una mujer como vos; nueva, redondita, llena, creciente y menguante, de ojos enormes, con marcas visibles que la hagan única, como vos.

Te dejo estas líneas simplonas bañadas con tu amarilla luz para que siempre recordés a aquel niño de seis años que declamaba con pasión: "¿Qué tendrá la luna cuándo está sola?"

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