
El sonar de su caminar contrasta con su realidad.
Cada taconazo lo deprimía y ahogaba.
En realidad los ojos en sus manos y su pulcro traje en conjunto eran un obelisco de vanidad.
¡Pobre cadaver!
Realmente ignoraba su iluminación mientras ahogábase en un ínfimo tintero de complejos.
Sabia que era un ignorante pero no cuanto.
Miles de entes despreciables dignos del más atroz ostracismo seguíanle mientras lo interpretaban en silencio.
¡Miserables cerdos! Pensaba el con su mutismo tradicional mientras observaba los húmedos adoquines que manchó de sangre.
¡Pobre e ignorante cadáver! No sabía o no quería aceptar su condición de faro de divinidad de la más hermosa Corte de ...
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